30 de agosto de 2007

Wilhelm Steinitz, campeón mundial de ajedrez

Hay coincidencia casi absoluta entre los historiadores del juego ciencia en considerar al torneo jugado en Londres en 1851, como el punto de partida de la época moderna del ajedrez. En ese torneo se eclipsaba la figura del mayor jugador de ese momento, el inglés Howard Staunton, a manos del prusiano Adolf Anderssen, el cual iba a reinar hasta la aparición de Paul Morphy. En efecto, en 1858 Anderssen fue derrotado convincentemente por éste en París, creándose la idea generalizada de que ha­bía surgido un ajedrecista prodigioso al que sería muy difícil poder derrotar. Pero poco después de sus fulgurantes victorias, Morphy, el genio de New Orleans, enloqueció y repentinamente desapareció para el mundo del ajedrez, quedando nuevamente Anderssen como estrella indiscutida.
Por eso, nadie se asombró cuando en 1862 Anderssen triunfó en el torneo de Londres, competencia que figura en la historia del ajedrez, ante todo, por el hecho de ser el primero en que se utilizaron relojes ajedrecísticos.
Hasta aquí, a nadie se le había ocurrido considerarse campeón mundial a pesar de que la superioridad de Staunton, Anderssen y Morphy sobre sus contemporáneos había sido notoria en aquellos años. Pero en 1866, Wilhelm Steinitz venció a Anderssen en Londres y se autoproclamó pomposamente de esa manera, ante el desdén de los aficionados que no acababan de tomar en serio a aquel jugador al que Aleksander Alekhine -futuro campeón mundial- consideraba el más grotesco personaje de la historia del ajedrez.
Steinitz, que había nacido en Praga el 17 de mayo de 1836, estaba muy adelantado a su tiempo cuando empezó a ser reconocido. Juga­ba lentamente, calculaba con precisión sus movidas, prefería las maniobras posicionales a los ataques brillantes y sólo combinaba cuando podía prever todas las consecuencias. Dominó con comodidad la década del '70 ganando numerosos torneos y encuentros. Así estaban las cosas cuando en 1883 se jugó en Londres un tor­neo a doble vuelta con los mejores jugadores de la época, que fue ganado por Johannes Zuckertort a quien Steinitz ya había derrotado en 1872.
Zuckertort había nacido en Lublin (Polonia) el 7 de septiembre de 1842 de padre alemán y madre polaca. Jugaba con elegancia y de una manera comprensible para sus contemporáneos. Nunca tenía dificul­tades con el reloj y era afecto a las jugadas espectaculares. Poseía una memoria magistral y hablaba once idiomas, aunque tenía pun­tos débiles en su personalidad: era nervioso e impresionable.
A raíz de su triunfo en Londres, a Zuckertort -que era sumamente narcisista- también se le ocurrió la idea de reclamar para sí el título de campeón mundial. Por supuesto, Steinitz no podía aceptarlo e inmediatamente lo desafió a disputar un match en el que se dirimiera quién tendría derecho a ostentar el codiciado título. En 1886, después de largas tratativas, se llegó por fin a la confrontación que la opinión ajedrecística internacional consideraría el primer campeonato del mundo.
El match se jugó en tres ciudades norteamericanas: New York, Saint Louis y New Orleans. El comienzo fue trágico para Steinitz. Después de las cinco primeras partidas jugadas en New York, el resultado era 4-1 a favor de Zuckertort sin partidas entabladas. A partir de la sexta partida, el match se jugó en Saint Louis y marcó un cambio crucial en el campeonato. De los cuatro enfrentamientos, Steinitz ganó tres y el cuarto terminó en tablas, por lo que el match quedó iguala­do. Después de catorce días de receso, el match se reanudó en New Orleans y Steinitz se impuso contundentemente, triunfando en seis partidas, entablando cuatro y perdiendo solamente una, por lo que el resultado final le fue favorable por 10-5 (con cinco tablas) con lo que logró convencer al mundo ajedrecístico -ahora sin dudas- de que era el campeón mundial.
Zuckertort jamás se repuso de esta derrota. Al año siguiente perdió un encuentro con el inglés Joseph Blackburne en forma terminante. También dispu­tó otros torneos pero ya sin éxito y el 20 de julio de 1888 sufrió un derrame cerebral que lo llevó a la tumba, mientras jugaba una par­tida. Por su parte, Steinitz defendió el título exitosamente fren­te al ruso Mijail Tchigorin en dos oportunidades (1889 y 1892) y ante el húngaro Isidor Gunsberg (1891). En 1894, cuando contaba con 58 años de edad, lo puso en juego una vez más, ésta vez contra Emanuel Lasker.
Este, de 26 años, era uno de sus discípulos y hasta ese momento no había tenido una carrera descollante. Nacido el 24 de diciembre de 1868 en Berlinchen, cerca de la capital alemana, en el seno de una familia judía, debió sufrir la humillación que suponía la búsqueda de patrocinadores que auspiciaran el match, antes de lograr la concreción del mismo.
Finalmente, el 15 de marzo de 1894 comenzó a disputarse el encuentro Steinitz-Lasker en las ciudades de New York, Filadelfia y Montreal. Las reglas concertadas para el match establecían que sería triunfador quien primero consiguiera diez triunfos son contar las tablas. El premio sería de 2.250 dólares para el ganador y 750 para el vencido. Fueron necesarias 19 partidas para definir el match, cuyo resultado final favoreció a Lasker por 10-5 (4 tablas). Había caído el viejo luchador que durante casi 30 años había dominado los tableros de Europa y América.
Dos años y medio más tarde, se le presentó la oportunidad de recuperar el título y, a pesar de estar enfermo de gota, partió hacia Moscú donde el 6 de noviembre comenzó la segunda contienda ante Lasker en las mismas condiciones deportivas que la anterior. Esta vez, el Club de Ajedrez de Moscú premiaría con 5.000 francos al vencedor y 2.500 al perdedor. El 14 de enero de 1897 la cuestión terminó con un resultado más desastroso aún para Steinitz: 10-2 (5 tablas).
Esta segunda derrota frente a Lasker fue un duro golpe para Steinitz. Cansado, envejecido y agobiado por la pobreza, sus últimos días fueron muy tristes, viviendo prácticamente de la caridad y con claros síntomas de locura. Cuando murió el 12 de agosto de 1900 a los 64 años de edad, su viuda quedó en la más absoluta de las miserias y el ajedrez perdió al hombre que lo había innovado.

29 de agosto de 2007

Buenos Aires, eterna como el agua y el aire

A Buenos Aires no la fundó un hombre sino dos y en distintas circunstancias. Incluso, su fecha inicial fue motivo de arduas polémicas. La historia, que es en parte leyenda, le atribuye su nombre a una promesa que supuestamente hizo Pedro de Mendoza, perturbado por la fiebre y los rigores de la travesía desde España. Pero si el puerto fue con­sagrado a Nuestra Señora del Buen Aire, patrona de la Orden de los Navegantes, al poblado era obligatorio ponerlo bajo la advocación de un santo tal como dictaba la tradición. El elegido fue San Blas, por eso se presume que la primera fundación fue el 3 de febrero de 1536.
Con el correr del tiempo la población comenzó a diezmarse debido a las enfermedades, los ataques indígenas, las peleas internas y la imposibilidad de obtener una cantidad considerable de víveres. La zona estaba habitada originariamente por los querandíes, que comenzaron a atacar el fuerte causando numerosas muertes. Mendoza sufría de sífilis, y debido al agravamiento de su enfermedad dejó la expedición en manos de Domingo Martínez de Irala y volvió a España en abril de 1537, muriendo en el viaje. Mientras tanto, al continuar los problemas de aprovisionamiento, Irala ordenó el abandono y destrucción del fuerte de Buenos Aires en 1541 y los habitantes del fuerte finalmente fueron trasladados a Asunción, la ciudad que el capitán Juan de Salazar de Espinosa había fundado en agosto de 1537.
Durante casi cuatro décadas todo quedó en la nada, hasta que llegó Juan de Garay desde Asunción comandando una expedición de cien hombres -con mil caballos y quinientas vacas- el sábado 11 de junio de 1580. Del antiguo fuerte no quedaban rastros, de manera que Garay volvió a fundarlo con el nombre de Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre. El nuevo poblado estaba constituido por 135 manzanas, cubriendo la superficie delimitada por las actuales Balcarce-25 de mayo hasta la avenida Independencia y por las calles Salta-Libertad hasta Viamonte.
No hubo demasiado op­timismo ya que persistían los problemas que presen­taban los indígenas y la falta de alimen­tos. El mismo hijo de Garay no vaciló en cambiar su solar ubicado en una de las principales esquinas de la plaza Mayor por una capa y unas botas zurcidas. Su padre, sin inmutarse, fijó sitio para la Catedral, el Cabildo y distribuyó el resto de las tierras entre soldados y civiles. Marcó el lugar del Real Fuerte y dividió las tierras en manzanas para solares y las más alejadas para chacras. Como la loma de "El Retiro", casa de campo que construyó Agustín de Robles durante su gobierno, de 1691 a 1700.
Puestos los cimientos del Fuerte, allí residieron los gobernadores, después los virreyes y por último, las autoridades surgidas de la Revolución de Mayo. Era un edificio cuadrangular de barro, ladrillo y piedra con un foso en tres de sus lados y un puente levadizo sobre la plaza del Mer­cado. A su frente, el Río de la Plata, protegía con sus bancos de arena del peligro de los piratas, ya que los escasos diez cañones del Fuerte, tan sólo se usaron para enterar al pueblo de acon­tecimientos más modestos: el 16 de septiembre de 1631, un inesperado cañonazo anunció que durante la noche habían desaparecido 9.400 pesos de a ocho reales de los Caudales del Fuerte. Los responsables, Pedro Cajal y su esclavo Juan Puma, quienes vivían cerca del convento de Santo Domingo, fueron apresados cuan­do huían con el dinero a la altura de Arrecifes y condenados a la horca.
En el siglo XVIII, la plaza Mayor fue dividida en dos. La calle Defensa la cruzaba de lado a lado y servía de mer­cado. Para mejorar su aspecto se decidió construir una hilera de locales y utilizarlos como puestos fijos para evitar el espectáculo de las carretas cargadas de frutas, pescados y verduras. Así nació la Recova. La antigua plaza, desde el Cabil­do hasta la Recova se la llamó pronto la Plaza de la Victoria, para conmemorar la lucha contra los ingleses; y desde la Recova hasta el Fuerte, Plaza del Mercado o de las Armas. El proyecto de la Recova que venía de 1766, tenía para 1802 la aprobación del virrey Del Pino. El maestro mayor de reales obras, Agustín Conde, comenzó a levantarla hasta llegar a los 74 metros de largo y 18 de ancho y fijó para siempre el color y la ani­mación del mercado de la ciudad ins­talado en la Recova. Y también, el des­borde del comercio y la vida fuera de los espacios que la edificación intentó vanamente delimitar.
En el otro extremo de la plaza, se divisaba el Cabildo. Una casa de dos pisos con balcón y techo de tejas, once arcadas en una planta y otras tantas arriba. El edificio, además de albergar a quienes impartían justicia y resolvían problemas municipales, también guardaba a los presos, quienes, engrillados junto a las paredes, pasaban sus horas pidiendo limosna para so­brevivir.
A todos los viajeros que por entonces llegaron a la ciudad, les llamó la atención su pintoresquismo. Existen relatos y dibujos que conservan aquel viejo sabor a exotismo, entre los que se destacan las acuarelas del marino inglés Emeric Essex Vidal.
Y entre tantas cosas que le sucedieron a Buenos Aires llegó el momento en que su vocación de comercio ocupó todos los ánimos. Manuel José de Lavardén, ganadero, hombre de negocios atento a las reformas, y poeta, al fin, auspició el primer periódico argentino que convocó a la elite porteña y liberal: el "Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiográfico del Río de la Plata". Los españoles, conociendo la peligrosidad de toda palabra impresa, restringieron en 1802 su uso decretando la desaparición del periódico. Pero Juan Hipólito Vieytes, administrador de la fábrica de sebos y jabón que Nicolás Rodríguez Peña tenía ubicada en Venezuela y Lima, había preparado ya la primera edición de su "Semanario de Agricultura, Industria y Comercio" que logró eludir la censura hasta 1807.
Fue en la popular jabonería de Vieytes donde se reunían los hom­bres de negocios y funcionarios de la Corona con el afán de solucionar pro­blemas cotidianos, comerciales y políticos, buscando obtener una particular libertad para sus negocios y sus vidas. Con similares limitaciones a las que por entonces había expresado el director del "Telégrafo", don Francisco Antonio Cabello y Mesa, quien deseaba para su núcleo de intelectuales, tan sólo "cristianos viejos", gente sin tacha de negro, mulato, chino, zambo, cuarterón o mestizo, (prejuicios que subsistieron a Mayo y queestuvieron reflejados hasta en los nom­bres de algunos regimientos). Por un lado, los hijos de españoles y por otro, los pardos y los morenos. Así, las nuevas necesidades particulares de América y del mundo, fueron el detonante del sistema colonial español.
Años después, el surgimiento de In­glaterra como país industrial, fue uno de los fenómenos clave que trajeron rápidas consecuencias y Buenos Aires debió reacomodarse a los nuevos tiempos que corrían. A pesar de todo, algunas modalidades perduraron, como la con­dición racial y la de vecino, que se continuaba adquiriendo al hacer constar ante el Cabildo la residencia y casa habitada o la posesión en propiedad de caballos y armas. Simultáneamente, las invasiones inglesas permitieron, mediante la masiva militarización, quebrar el monopolio de las armas en manos de los españoles. Los jefes de los improvisados regimientos salieron de los sectores adinerados que eran los únicos que podían proveer de per­trechos a la tropa. Fueron los mismos sectores que constituyeron la elite porteña que hizo su primera experiencia de poder y movilización de grandes masas en fun­ción política.
En la parroquia de Monserrat fue donde se forjaron algunas de las ideas que pronto ganaron todos los ánimos. En ese barrio, donde nacieron muchos de los hombres que sobresaldrían en breve, aún subsisten encla­vados vestigios de lo que fuimos. Una historia que apuntalan sobrevivientes casonas coloniales.
Acatando las disposiciones de Madrid, los jesuitas dejaron la plaza Mayor para trasladarse a la manzana comprendida entre las actuales calles Perú, Moreno, Bolívar y Alsina. Esto ocurrió en 1661 y las mismas calles tenían otros nombres: Santísima Trinidad, San Carlos, San José y San Francisco. Ahí prosiguió la joven intelectualidad sus discusiones que con los años justificó el altisonante blasón de "Manzana de las luces". Junto al templo de San Ignacio, el Colegio de los Jesuitas y posteriormente, la Universidad, la Legislatura y la Sala de Representantes, posibilitaron la conver­gencia de la vida intelectual y política de la época.
Y también fue en Monserrat donde se forjaron los dos proyectos que se dis­putaron la supremacía en la con­ducción revolucionaria. El del grupo que encabezaba Mariano Moreno estaba sin­tetizado en su "Plan de Operaciones", que apoyaba la transición hacia la industrialización mediante la participación del Estado y una política proteccionista para rechazar las manufacturas extranjeras. Este proyecto revolucionario sucumbió -a poco de florecer el 25 de mayo de 1810- a manos de un irrestricto librecambio y una total supremacía de Buenos Aires y el litoral sobre el interior, que recién lograría una Ley de Aduanas en 1835. Porque sobre aquel camino recién abierto, el re­presentante inglés Lord Ponsomby, en carta dirigida a Manuel Belgrano, ins­cribió a modo de lápida: "El comercio y los intereses comunes de los individuos han formado lazos entre Europa y América que ningún gobierno ni tal vez poder alguno poseído por el hombre puedan desatar". Esa carta debió haber llegado a la actual avenida Bel­grano 430, donde nació y murió el integrante de la Primera Junta de Gobierno, muy cerca de donde está su mausoleo en el atrio del templo que caminaron sus pasos en aquellos lejanos días. Bajo las mismas campanas de San­to Domingo se rindió el acorralado Esta­do Mayor inglés, depuso sus armas y después acompañó a Santiago de Liniers hasta el solar de la vuelta, una casona ubicada en la actual Venezuela 469, la antigua "Bajada de los Dominicos" donde tenía su hogar Martín de Sarratea. Allí, el yerno del dueño de casa, el futuro virrey Liniers, vivió desde 1807 hasta 1810. Mientras tanto, el vecindario empapado en pólvora y sudor, se agolpó ante las ventanas de altas rejas verticales. Hacía frío en aquel in­vierno de 1806 y el derrotado general Beresford firmó la rendición de las tropas inglesas.
No estaba en nuestro destino hablar la lengua de Londres, aunque pronto los dueños del ganado terminarían por reverenciar a su Graciosa Majestad la Libra Esterlina.

W.H. Auden. También nosotros vivimos buenos tiempos

Poeta, dramaturgo y crítico literario norteamericano considerado por muchos como el poeta más influyente de la literatura inglesa desde T.S. Eliot (1888-1965), Wystan Hugh Auden (1907-1973) nació en York, Inglaterra. Hijo de un médico, en un principio se interesó por la ciencia, pero pronto centró todo su entusiasmo en la poesía. En 1925 ingresó en el Christ Church College de Oxford, donde se convirtió en la pieza central de un grupo de intelectuales entre los que figuraban Stephen Spender (1909-1995), Christopher Isherwood (1904-1986), Cecil Day Lewis (1904-1972) y Louis MacNeice (1907-1963). Después de concluir sus estudios en 1928, fue maestro de escuela en Escocia e Inglaterra por espacio de cinco años. Durante la década de 1930, Auden formó parte en Londres de un círculo de prometedores y jóvenes poetas caracterizados por su marcada tendencia izquierdista.
Su libro "Poemas" (1930), con el que consolidó su fama literaria, estaba basado en el hundimiento de la sociedad capitalista inglesa, pero también mostraba una honda preocupación por los problemas psicológicos. Muchos críticos lo consideran un maestro de la poesía; su rigor intelectual y su conciencia social, combinados con una fluida mezcla de estilos y una habilidad consumada, lo convierten en parangón de la poesía moderna.

Una muestra perfecta de lo antedicho es el siguiente poema:

WE TOO HAD KNOWN GOLDEN HOURS
We, too, had known golden hours
When body and soul were in tune,
Had danced with our true loves
By the light of a full moon,
And sat with the wise and good
As tongues grew witty and gay
Over some noble dish
Out of Escoffier;
Had felt the intrusive glory
Which tears reserve apart,
And would in the old grand manner
Have sung from a resonant heart.
But, pawed-at and gossiped-over
By the promiscuous crowd,
Concocted by editors
Into spells to befuddle the crowd,
All words like Peace and Love,
All sane affirmative speech,
Had been soiled, profaned, debased
To a horrid mechanical screech.
No civil style survived
That pandaemonioum
But the wry, the sotto-voce,
Ironic and monochrome:
And where should we find shelter
For joy or mere content
When little was left standing
But the suburb of dissent?
TAMBIEN NOSOTROS VIVIMOS BUENOS TIEMPOSTambién nosotros vivimos buenos tiempos
cuando el cuerpo sintonizaba con el alma,
y bailamos con nuestros amores sinceros
a la luz de la luna llena,
y nos sentamos con los sabios y los justos
y fuimos ganando ingenio y alegría
en torno a algún plato selecto
gracias a Escoffier.
Y sentimos esa gloria impertinente
que las lágrimas suelen alejar,
y quisimos que los corazones briosos
cantasen con el estilo grandioso de los antiguos.
Pero fuimos importunados y fisgados
por la multitud promiscua,
los editores nos convirtieron
en fraudes para aturdir a la multitud,
todas las palabras como Amor y Paz,
todos los discursos cuerdos y positivos
fueron ensuciados, profanados y degradados,
los convirtieron en un chirrido horroroso.
Ninguna oratoria sobrevivió
a aquel pandemonio
salvo la amarga, la soterrada,
la irónica y la monótona:
¿y dónde encontraremos cobijo
para la alegría o el simple bienestar
cuando apenas queda nada en pie
más que los suburbios de la discordia?

27 de agosto de 2007

Raúl González Tuñón. El poeta murió al amanecer

Raúl González Tuñón nació el 29 de marzo de 1905 en Buenos Aires y murió el 14 de agosto de 1974. Ejerció el periodismo. Participó en la redacción de las revistas literarias "Proa" y "Martín Fierro". Realizó viajes por el interior del país y por América, Europa y Oriente. El mismo registró sus innumerables viajes haciendo honor a su identidad con el nombre poético de Juancito Caminador. Perteneció al comunismo hasta su muerte.
Su mejor poesía es la de sus comienzos. A ello parece regresar en sus últimos poemas luego del entusiasmo por la actualidad política y social que resta fuerza a su canto.
Fue Juancito Caminador, el poeta andariego y amigo de las gentes quien dijo: "Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente, lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad".

De esa realidad tratan los siguientes versos pertenecientes al poema "El poeta murió al amanecer":


Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,
murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, la esperanza y la miseria.


Fue un poeta completo de su vida y su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera
y como hombre de su tiempo que era
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.


Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro amigos de veras,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros, un antiguo editor,
una hermosa mujer, y mañana, mañana,
flocerá la tierra que caiga sobre él.


Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.


Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

Neruda. Oda a la pobreza

Aunque su nombre real fue Neftalí Reyes Basoalto, desde 1917 adoptó el seudónimo de Pablo Neruda como su verdadero nombre. El poeta chileno nacido en Parral en 1904 fue huérfano de madre desde muy pequeño y su infancia transcurrió en Temuco donde realizó sus primeros estudios. Escritor, diplomático, político, Premio Nobel de Literatura, Premio Lenin de la Paz y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford, está considerado como uno de los grandes poetas del siglo XX. Militó en el partido comunista chileno apoyando en forma muy decidida a Salvador Allende, de cuyo gobierno fue embajador en Francia.
De su obra poética, se destacan títulos como "Crepusculario", "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", "Residencia en la tierra", "Tercera residencia", "Canto general", "Los versos del capitán", "Odas elementales", "Extravagario","Memorial de Isla Negra" y "Confieso que he vivido". Falleció en 1973.


Cuando nací, pobreza, me seguiste,
me mirabas a través de las tablas podridas
por el profundo invierno.
De pronto eran tus ojos
los que miraban desde los agujeros.
Las goteras, de noche,
repetían tu nombre y tu apellido
o a voces el salto quebrado, el traje roto,
los zapatos abiertos, me advertían.
Allí estabas acechándome
tus dientes de carcoma, tus ojos de pantano,
tu lengua gris que corta la ropa, la madera,
los huesos y la sangre,
allí estabas buscándome, siguiéndome,
desde mi nacimiento por las calles.
Cuando alquilé una pieza

pequeña, en los suburbios,
sentada en una silla me esperabas,
o al descorrer las sábanas
en un hotel oscuro, adolescente,
no encontré la fragancia de la rosa desnuda,
sino el silbido frío de tu boca.
Pobreza, me seguiste
por los cuarteles y los hospitales,
por la paz y la guerra.
Cuando enfermé tocaron a la puerta:
no era el doctor, entraba otra vez la pobreza.
Te vi sacar mis muebles a la calle:
los hombres los dejaban caer como pedradas.
Tú, con amor horrible,
de un montón de abandono
en medio de la calle y de la lluvia
ibas haciendo un trono desdentado
y mirando a los pobres recogías
mi último plato haciéndolo diadema.
Ahora, pobreza, yo te sigo.
Como fuiste implacable, soy implacable.
Junto a cada pobre me encontrarás cantando,
Bajo cada sábana de hospital imposible
encontrarás mi canto.
Te sigo, pobreza, te vigilo, te acerco,
te disparo, te aíslo, te cerceno las uñas,
te rompo los dientes que te quedan.
Estoy en todas partes:
en el océano con los pescadores,
en la mina, los hombres al limpiarse la frente,
secarse el sudor negro, encuentran mis poemas.
Yo salgo cada día con la obrera textil.
Tengo las manos blancas
de dar el pan en las panaderías.
Donde vayas, pobreza, mi canto está cantando,
mi vida está viviendo, mi sangre está luchando.
Derrotaré tus pálidas banderas en donde se levanten.
Otros poetas, antaño te llamaron santa,
veneraron tu capa, se alimentaron de humo
y desaparecieron.
Yo te desafío, con duros versos
te golpeo el rostro, te embarco y te destierro.
Yo con otros, con otros, con muchos otros,
te vamos expulsando de la tierra a la luna
para que allí te quedes fría y encarcelada
mirando con un ojo el pan y los racimos
que cubrirán la tierra de mañana.

Rubén Darío. Lo fatal

Felíx Rubén Garcia-Sarmiento conocido como Rubén Darío, nacío el 18 de enero en Metapa, Nicaragua pero su familia se mudó a León un mes después de su nacimiento. A la edad de doce años Rubén Darío publico sus primos poemas "La Fé", "Una Lagrima" y "El Desengaño".
Es el iniciador y máximo representante del Modernismo literario en lengua española y posiblemente el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispánico. Es llamado príncipe de las letras castellanas.
A pesar de su apego a lo sensorial, la poesía de Rubén Darío atravesó una poderosa corriente de reflexión existencial sobre el sentido de la vida. Es conocido su poema "Lo fatal" de "Cantos de vida y esperanza"(1905), donde afirma que:


Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.



Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adonde vamos,
ni de dónde venimos...

Darío llegó a ser un poeta extremadamente popular, cuyas obras se memorizaban en las escuelas de todos los países hispanohablantes y eran imitadas por cientos de jóvenes poetas.
Los últimos años de su vida estuvieron caracterizados por momentos de exaltación mística y por una fijación obsesiva con la idea de la muerte. Su alcoholismo le causaba frecuentes problemas de salud y crisis psicológicas. Rubén Darío regresó a León, la ciudad de su infancia, el 7 de enero de 1916 y falleció menos de un mes después, el 6 de febrero. Las honras fúnebres duraron varios días. Está sepultado en la catedral de la ciudad de León.

26 de agosto de 2007

De la fraternidad a la burocracia

Los primeros antecedentes de organizaciones del trabajo se remontan al período colonial, pero los gremios eran, en ese entonces, corporaciones de oficios similares a las de la Edad Media, en donde, además de ser organizaciones de artesanos, tenían también un cierto carácter religioso, ya que la Iglesia jugaba un papel dominante en todas las manifestaciones de la vida social. Los plateros que trabajaban en la extracción de metales en las minas de Bolivia y Perú, constituyeron así un gremio de considerable gravitación, íntimamente relacionado con la economía de la Colonia. También los artesanos dedicados a la confección de zapatos, ligados a la industria del cuero -una de las principales actividades del Río de la Plata- formaron una asociación a fines del siglo XVIII.
En 1857 se fundaron la Asociación Tipográfica Bonaerense y la Sociedad de Zapateros San Crispín, pero, estas organizaciones denotaban más un carácter mutual que estrictamente sindical, al igual que la Sociedad Española de Socorros Mutuos y Unione e Benevolenza, dos entidades que grupos de inmigrantes organizaron en 1858.
Es recién en 1877 cuando se constituyó la primera estructura sindical con carácter moderno: la Unión Tipográfica Bonaerense, que realizó, al año siguiente, una huelga por la reducción de salarios que afectaba a sus afiliados. El triunfo de este hecho de fuerza marcó la celebración del primer convenio colectivo que se conoce en la Argentina. La creación del Sindicato de Comercio (1881), la Sociedad Obrera de Albañiles y la Unión Obrera de Sastres (1882) y La Fraternidad (1887), agrupando a conductores y foguistas ferroviarios, señalaron, junto a otras estructuras sindicales, la voluntad organizativa de la clase trabajadora. Bien es cierto que los sindicatos eran débiles en sus primeros intentos; generalmente se constituían en torno de un conflicto frente a una necesidad y, una vez superados estos problemas desaparecían; la pérdida de una huelga podía también, determinar su retirada de la escena gremial. No podía, tampoco, pensarse en un sindicato nacional ni en una estructura centralizada. Una excepción a esto fue el caso de La Fraternidad (fundada por un puñado de maquinis­tas del entonces Ferrocarril de la Provincia de Bue­nos Aires -el mismo que después se llamó del Oeste, más tarde Sarmiento y actualmente TBA- en el salón de la Sociedad Italia Unita de la Capital Federal), que buscó aunar el aspecto gremial y mutual, dentro de un esquema organizativo que consolidara una sola entidad fuerte y permanente.
La estructura económica, política y social en que se dieron estas primeras organizaciones sindicales, estaba definida primordialmente por el fenómeno inmigratorio, que llevó a modificar
-entre 1895 y 1914- el desarrollo de la población argentina, la que sufrió cambios notables en su crecimiento, composición y distribución geográfica. La inmigración masiva constituyó uno de los ejes en que se asentó la economía agro-exportadora, fundada en la dependencia del capital europeo, principalmente el inglés. El país se desarrolló en función del puerto, mirando hacia el exterior, lo que se tradujo en graves desequilibrios internos: el desmedido crecimiento del litoral en detrimento del interior del país, la estructura latifundista del campo argentino -que dilapidaba sus excedentes en importaciones de lujo en lugar de canalizarlos en el desarrollo del sector industrial- y la postergación del desenvolvimiento del mercado interno.
En términos políticos, este modelo se tradujo en el estrecho control ejercido por una elite -la oligarquía- que basaba su poder en el monopolio de la tierra y en la ocupación del aparato del Estado (los estancieros crearon en 1866 la Sociedad Rural Argentina y los industriales el Club Industrial en 1875 y la Unión Industrial Argentina a partir de 1887). Ligado a esta elite, irrumpió el capital extranjero, bajo la forma de empréstitos públicos, hipotecas o inversiones directas, teniendo un peso decisivo en las decisiones de esta elite. El Estado oligárquico que se estructuró en la Argentina, a mediados del siglo XIX, fue consecuencia, precisamente, de este pacto esencial entre los sectores dominantes nativos y los intereses extranjeros.
En este contexto, la inmigración, que había llegado en principio para contribuir a la colonización de la tierra, se vio impedida de acceder a ella, debido a la estructura latifundista de la misma. Frustrada esta posibilidad, numerosos inmigrantes se dirigieron entonces hacia los centros urbanos, donde pasaron a engrosar el mercado de trabajo. Junto con la población nativa, constituyeron, por un lado, el proletariado urbano; por el otro, pasaron a integrar las capas medias en actividades como el comercio y la industria, creando talleres y establecimientos, por lo general pequeños, ya que no contaban con un gran capital.
Al acer­carse a la última década del siglo, la Argentina recién se estaba reponiendo de las profundas heridas recibidas en las largas guerras civiles que precedie­ron a su organización nacional. Un millón de inmi­grantes le habían inyectado nueva sangre y un pode­roso impulso de progreso. Grandes empresas indus­triales y comerciales se instalaban en el país, mien­tras se extendían los ferrocarriles. Todo era progre­so, esplendor y riqueza, menos en los hogares de los trabajadores, donde la miseria aumentaba. La sociedad estaba sufriendo su primera crisis moral y económica y se aproximaba a ese momento que los historiadores de hoy conocen como la crisis del 90. Un estirón repentino y doloroso. Sobrevino la desvalorización de la moneda y, como tantas otras veces lo experimentarían después, fueron los obreros quienes sufrieron el mayor coletazo del empobreci­miento, con jornadas de trabajo que estaban muy por encima del ideal de ocho horas y remunerados con salarios de hambre. Por eso no fue casual que las huelgas comenzaran a dominar el panorama nacio­nal.
La última década del siglo XIX es un período de transición y organización de las estructuras sindicales básicas. El movimiento obrero argentino aún estaba inmaduro para crear una verdadera central sindical capaz de coordinar la acción en el ámbito nacional. En 1901 un grupo de sindicatos socialistas y anarquistas crearon la Federación Obrera Argentina (FOA), pero la unidad entre ambas corrientes no perduró. En 1903 los socialistas formaron la Unión General de Trabajadores (UGT) y en 1904 los anarquistas constituyeron la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). A partir de ese momento el movimiento obrero argentino tuvo siempre centrales de máxima conducción y, a pesar de la división, la unidad sería una preocupación permanente en todos los congresos sindicales. Los hechos mismos ponían en evidencia la importancia de la unidad: de las 14 huelgas generales que declararon ambas centrales entre 1900 y 1914, sólo tuvieron éxito las cuatro que fueron declaradas conjuntamente en 1904, 1907, 1909 y 1910.
Con la sanción de la ley del voto secreto, universal y obligatorio en 1912, se abre una nueva instancia: el socialismo obtuvo una gran representación en el Congreso, alcanzando a 20 diputados, algunos de ellos, por primera vez, dirigentes sindicales. De este modo, la legislación obrera recibió un impulso desconocido hasta entonces, sancionándose entre muchas otras leyes, la jornada laboral de ocho horas.
La Revolución Rusa de noviembre de 1917 acarreó profundas consecuencias para el movimiento obrero: nació el Partido Socialista Internacional -que luego cambió su nombre a Partido Comunista Argentino- y apareció el sindicalismo comunista, el que se hizo fuerte en el Sindicato de la Carne y en el de la Construcción, entre otros. La crisis económica de 1929 y el golpe militar del año siguiente, abrieron la puerta a un cambio completo del modelo económico del país, que tuvo enormes consecuencias para el movimiento obrero y el sistema de relaciones laborales. Básicamente, se preservó el latifundio y la producción agroganadera orientada a la exportación, pero al mismo tiempo se estableció un modelo de sustitución de importaciones industriales que generó un extenso sector industrial con amplia utilización de mano de obra asalariada.
Pocos días después del golpe militar, el 27 de septiembre de 1930, los trabajadores argentinos crearon la Confederación General del Trabajo (CGT), aunque hubo que esperar seis años para que la misma se organizase formalmente con su Congreso Constituyente, el que se desarrolló entre el 31 de marzo y el 2 de abril de1936. La iniciativa de crear la CGT partió de la FOPA (Federación Obrera Poligráfica Argentina), una organización sindical en la que coexistían socialistas, comunistas y sindicalistas.
La recuperación económica operada en la segunda mitad de la década del 30 (la década infame), dio lugar a luchas reivindicativas, donde aparecieron nuevos activistas junto con una tendencia generalizada a presionar por un mejor salario. Este sindicalismo -más pragmático, corporativo y reformista- fue dejando de lado los postulados iniciales de luchar para lograr la emancipación de los trabajadores de la explotación capitalista y adoptó una política de conciliación con el Estado en pos de negociar con los gobiernos la obtención de sus reivindicaciones más inmediatas. En los años 30, esta estrategia sindicalista se constituyó en la base para el asentamiento en la década siguiente de un fenómeno clave en la historia de la clase obrera argentina hasta nuestros días: el peronismo. Fueron esas prácticas de conciliación de clases y negociación con el Estado, las que utilizó Perón para consolidar la poderosa burocracia sindical que actuó cerrando el camino a la independencia política de la clase obrera argentina.
Perón fue el primer dirigente importante en comprender el significado político potencial de las aspiraciones frustradas de los trabajadores. Entre 1943 y 1946 utilizó con habilidad las ideas y los grupos del movimiento obrero como base para obtener el poder político. Por un lado, socavó la influencia de los partidos Comunista y Socialista, afirmando que eran ajenos a la tradición argentina, y por el otro apoyó a quienes querían que el movimiento obrero constituyera una fuerza política independiente. Así, estimuló el desarrollo de un nacionalismo criollo entre los trabajadores migrantes del interior, cuyo número crecía rápidamente.
El resultado fue que Perón conquistó el poder político y durante el proceso, el movimiento obrero logró un nuevo status en la sociedad argentina. Con la promulgación de leyes que establecían las vacaciones pagas, la protección contra los despidos arbitrarios, la restricción de los monopolios, la creación de Tribunales de Trabajo en todo el país y el nombramiento de dirigentes
gremiales para ocupar cargos importantes en el Gobierno, éstos quedaron encantados. Perón le dio al movimiento obrero un papel en el que apenas había soñado. Su política existió en la medida que ganó el apoyo de la mayoría de los trabajadores liberales, si bien algunos liberales se identificaban con el socialismo y se oponían al Gobierno.
Como en otros momentos de su historia, los cambios que se operaron en la clase obrera pusieron de relieve algunas fallas en la vanguardia clasista, cuyas tácticas fueron impotentes para combatir al peronismo en el gobierno y a la naciente burocracia sindical peronista. El enorme impacto represivo que causó el fascismo en todo el mundo, su expansión, el surgimiento del régimen nazi y la existencia en la Argentina de grupos que apoyaban esas tendencias, generó un clima político con un sesgo autoritario. Los cambios sociales y políticos producidos fueron de tal magnitud que generaron un movimiento de masas impresionante. La sindicalización obrera ascendió de 500.000 a 2.500.000 afiliados y los beneficios obtenidos por los trabajadores, en condiciones de pleno empleo, produjeron un corrimiento rápido de adhesión al peronismo. Esta actitud de la mayor parte del movimiento obrero, que se prolonga hasta nuestros días, relegó al olvido la riqueza de las primeras experiencias de las luchas sindicales y sus postulados revolucionarios de la primera mitad del siglo XX.
Con el peronismo, el trabajador comenzó a ser protegido por una legislación inexistente tiempo atrás, la redistribución del ingreso nacional se volcó hacia los mas desfavorecidos, los sueldos aumentaron, muchas reivindicaciones provenientes de los postulados socialistas y anarquistas comenzaron a cumplirse y millones de personas comenzaron a acceder a beneficios antes negados. El mejoramiento de las condiciones sociales pareció reconstruir al movimiento obrero y encauzarlo con un sentido de pertenencia e inclusión y la dignidad -tantas veces pretendida- tenía un recorte en los ideales más altos: aquellos nacidos en los movimientos revolucionarios.
El resultado de todo el proceso vivido a partir de la llegada del peronismo al poder, fue la configuración y consolidación de una capa buro­crática sindical, parte indiso­luble del aparato estatal, que asumió el papel de polea de transmisión entre la clase obrera y el poder político y quedó disponible para cumplir la misma función, cualquiera sea la fracción de las clases dominantes que se entronice en el mismo. De allí su papel, como capa, en la instrumentación del proleta­riado en relación a los distin­tos proyectos que se sucedieron, hayan sido democráticos o militares, y que expresan cada vez con mayor nitidez la alianza entretejida entre las altas capas de la bur­guesía industrial-terrateniente y el capitalismo transnacional. Esto, sin duda alguna, es posible por la conciencia reformista desarrollada en la clase obrera durante el primer ciclo peronista.

Pessoa. Todo lo que hago

Fernando Pessoa (1888-1935) nació en Lisboa, Portugal. Luego de pasar varios años formativos en Africa del Sur, regresó a su ciudad natal, donde permaneció hasta su muerte. Fue uno de los introductores del modernismo literario en su país. La mayor parte de su obra fue publicada póstumamente, reuniendo diversos textos que habían aparecido en revistas. "Mensaje" fue el único libro que publicó en vida, en 1934. Su creación de heterónimos (Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Alvaro de Campos, Alexander Search, Bernardo Soares) es el signo más certero y original de su escritura, que lo ha proyectado a la celebridad y lo ha convertido en uno de los poetas más importantes del siglo XX.



Todo lo que hago o medito
queda siempre en la mitad.
Queriendo, quiero el infinito.
haciendo, nada es verdad.

¡Qué náusea de mí me queda
al mirar lo que hago!
Mi alma es lúcida y rica,
y yo soy un mar de sargazo.

Un mar donde boyan lentos
fragmentos de un mar de más allá.
¿Voluntades o pensamientos?
No lo sé y lo sé bien.

Pessoa. Hay dolencias peores

Fernando Antonio Nogueira Pessoa, es uno de los mayores poetas y escritores de la lengua portuguesa y de la literatura europea.
Tuvo una vida discreta, centrada en el periodismo, la publicidad, el comercio y, principalmente, la literatura, en la que se desdobló en varias personalidades conocidas como heterónimos. De día Pessoa se ganaba la vida como traductor. Por la noche escribía poesía.

La figura enigmática en que se convirtió motiva gran parte de los estudios sobre su vida y su obra. Murió por problemas hepáticos a los 47 años en la misma ciudad en que naciera, dejando una descomunal obra inédita que todavía suscita análisis y controversias.




Hay dolencias peores que las dolencias,
hay dolores que no duelen, ni en el alma
pero que son dolorosos más que los otros.
Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae,

hay sensaciones sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la propia vida.
Hay tanta cosa que, sin existir,
existe, existe demoradamente,
y demoradamente es nuestra y nosotros...
Por sobre el verde turbio del amplio río
los blancos circunflejos de las gaviotas...
Por sobre el alma

el agitar inútil de lo que no fue,
ni puede ser y es todo.
Dame más vino, porque la vida es nada.

25 de agosto de 2007

Un duelo que estremeció a la Gran Aldea

El 29 de diciembre de 1894 moría Lucío Vicente López, con los intestinos destrozados por una bala dis­parada desde los doce pasos estipulados, por el coronel Sarmiento.
La muerte de López provocó duras polémicas con­tra los duelos en Buenos Aires, y a su entierro asistieron más de dos mil personas. Sin embargo, los enjuiciamientos no fueren sufi­cientes. Los duelos continuarían, con su secuela de muertos y heridos. Ninguno tan célebre como el que causó la muerte al doctor López, ninguno tampoco tan comentado en la ciudad que el mismo López había bautizado "La Gran Aldea".
Lucio Vicente López des­cendía de una familia que hizo la historia y también !a escribió. Su abuelo paterno, Vicente López y Planes creó la letra del Himno Nacional; su padre, don Vicente Fidel López, había nacido en el exilio montevideano, en 1848 y fue el autor de una historia argentina en varios tomos. Después de Caseros, los López retornaron a Buenos Aires. Lucio Vicente se doctoró de abogado e incursionó en la política, el periodismo y la literatura. Partidario de Adolfo Alsina, ocupó una banca en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires y, después de la federalización de la ciudad, pasó a ser diputado nacional. Participó en la Reyolución del 90 y, en 1894, bajo la presidencia Luis Sáenz Peña, fue nombrado ínterventor de la, provincia de Buenos Ai­res. Precisamente, su actuación en este cargo originó el duelo fatal.
El flamante interventor estaba decidido a llevar ade­lante una severa misión normalizadora. Era el hombre indicado: en los últimos años, se había movido más allá de las facciones políticas y su prestigio intelectual era enorme. Era íntimo de los grandes personajes de su tiempo. Carlos Pellegrini, Miguel Cané, Carlos Sarmiento, Julio Roca, Paul Groussac frecuentaban su amistad y más de una vez sus consejos. La generación del 80 que se floreaba en la "Gran Aldea", lo contaba entre sus elegidos. Hasta el presidente Luis Sáenz Peña lo necesitaba para mejorar su imagen.
A los pocos días de instalado en el gobierno recibió una serie de denuncias sobre ventas indebidas de tierras. El comprador era el coronel Sarmiento (ningún paren­tesco con el autor del “Facundo”). El Ministerio de Obras Públicas investigó y se resolvió dejar sin efecto la operación por irregularidades en los libros del Banco Hipotecario. Se trataba, lisa y llanamente -tal como trasciende de las actas- de un intento de estafa. Sarmiento, fue retenido durante tres meses en el Departamento de Policía hasta que la investigación llevada adelante, concluyó con la libertad del acusado.
Al salir de la prisión, Sarmiento escribió una carta insultante que publicó "La Prensa". De inmediato López nombró sus padrinos: Lucio V. Mansilla y Francisco Beazley.
A las 11 de la mañana del 28 de diciembre empeza­ron a llegar los carruajes al Hipódromo Nacional ubicado en Belgrano (sobre la actual avenida Luis M. Campos). Poco después, ya estaba todo listo: el ofensor y el ofendido, los padrinos, las armas y los ánimos. Un clima de alta tensión envol­vía a !os presentes, que no pasaban de quince. Solamen­te se escuchaba mascullar a los padrinos. Dos médicos socorrerían, si fuese necesario, a los duelistas; eran los doctores Decoud y Padilla. Los hermanos y los dos hijos mayores de López, observaban imperturbables los preparativos, sin perder la esperanza en que, del diálogo, sur­gieran las posibilidades de una reconciliación. Sin embargo, el optimismo se desvaneció cuando el general Bosch, padrino de Sarmiento, midió los doce pasos convenidos. En ése instante, las agujas del reloj marcaban las 11.10. Erguidos, con sus rostros severos, empuñaron en sus diestras las pistolas Arzón elegidas para el caso. La firme voz del director ¡Duelo a muerte!, precedió a los dos estampi­dos simultáneos que dejaron su eco resonando en el vacío, seguido de murmullos y el conciliábulo de los padrinos. El doctor López se llevó las dos manos al vientre. Sus padrinos se precipitaron sobre él: estaba gravemente herido.
Una ambulancia lo llevó a Callao 1852, donde vivía. En el momento de caer, murmuró "Esto que me pasa es una injusticia, una injusticia". La bala le perforó el hígado, el intestino y el bazo. La herida era mortal. A las 0.45 del día siguiente cayó en coma y pocos minutos más tarde murió.
El coronel Sarmiento fue juzgado por un fiscal de nombre Astigueta. Se presentó ante el Juez Navarro y en el término de cuatro horas -mediante el pago de una fianza- quedó en libertad y nunca sufrió sanción alguna. Su vida siguió dentro del ejército donde siempre fue valorado como un eficaz artillero y topógrafo. En 1905 abandonó el servicio activo y tuvo participación en la política provincial. En 1907 encabezó una revolución en la que derrocó al Gobernador Godoy. Fue gobernador de la provincia desde 1908 a 1911. Posteriormente se radicó en Zarate de donde fue intendente. Dejó de existir en esa ciudad a los 54 años en 1915.

Acerca del origen de la nacionalidad argentina

El nacimiento del Virreinato del Río de la Plata, el 1° de agosto de 1776, provoca algunas consideraciones que aún no forman parte de la conciencia histórica de los argentinos, en quienes nunca ha sido posible introducir en su mente, influida por la escuela primaria, la elemental idea de que su nacionalidad es anterior a su independencia. Es como si los italianos pensaran que no son una nación sino desde 1860, cuando los Saboya crearon un Reino unitario, o los alemanes desde 1870, cuando Bismarck colocó la corona impe­rial en la cabeza de un Hohenzollern.
Lo que nace en 1816 es una República inde­pendiente, meta inconsciente de la insurrección municipal de 1810, cuyos mentores juraron lealtad a España -su patria- y eran -sin excepción- monárquicos. Pero el sentimiento nacio­nal se había formado en los dos siglos anterio­res. Antes de la Independencia hubo un período poblacional, desde la llegada del primer Adelan­tado, Pedro de Mendoza, en 1534 (o, si se quiere, desde el descubrimiento del territorio en 1502); luego un período colonial, desde 1618, cuando la Corte designa al primer Gobernador de Buenos Aires, Diego de Góngora; y por fin un período virreinal, que comienza con el nombramiento de Pedro de Cevallos en 1776.
Los argentinos empezaron a llamarse así -y a reconocerse como tales- a partir de 1537, cuando Domingo Martínez de Irala fundó Asunción con el propósito de mandar expediciones a los montes de plata que los indios situaban hacia el oeste: se referían al cerro de Potosí (en la actual Bolivia). La primera idea de una con­ciencia localista aparece en 1544, con la revolución que aprisionó a Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y puso en su lugar a Irala, cuya influencia se prolongaría hasta su muerte en 1556, y se afianza con la segunda fundación de Buenos Aires, por Juan de Garay, en 1580. Esa concien­cia se torna incontrastable en 1592, con otra revolución, de la que surge Hernando Arias de Saavedra, nativo de Asunción, el primer criollo que gobernó en América, reelegido por sus paisanos y confirmado por la Corte durante casi treinta años.
Los gobernadores -todos oriundos de la me­trópoli- se suceden durante un siglo y medio; pero ya su poder está limitado por uno superior, el del Consejo de Indias, y otro inferior, el de los Cabildos, formados por "la parte principal y sana del vecindario", cuya creciente autonomía garantiza los intereses locales. La creación del cuarto Virreinato indiano, después del de Nueva España o México en 1535, el del Perú en 1542 y el de Nueva Granada o Colombia en 1739, obedece no sólo a causas circunstanciales -la necesidad de rechazar las invasiones portuguesas a la Banda Oriental y a las Misiones (1767) y la británica en Malvinas (1764)- sino a la nueva política internacional borbónica y al impetuoso desarrollo de Buenos Aires y el país interior.
El Río de la Plata era un centro orienta­do hacía Europa que España había querido hasta entonces mantener en un relativo aisla­miento, pero que ella misma se vio obligada a defender cuando advirtió que era codiciado tanto por los portugueses como por los ingleses. Los gobernantes españoles habían intuido el valor geopolítico, estratégico y económico del Atlántico Sur, donde se iba a disputar el dominio del mundo, con ventajas para Gran Bretaña, en donde la Revolución Industrial ya había comenzado. Pero los colonos y sus descendientes habían merecido -y exigían- la autonomía institucio­nal, administrativa y militar. La ciudad de Buenos Aires -en cuyas inmediaciones prospe­raba maravillosamente la ganadería- se distinguió desde temprano por tener una pujante vocación mercantil, radicada en un puerto que se había convertido en un paraíso del contrabando y su clase dirigente había con­traído un espíritu cosmopolita y tendencias democráticas. La provincia era inmensa: abar­caba desde Río Grande -comarca disputada por los portugueses- hasta el Cabo de Hornos, en la ruta magallánica.
Hasta entonces dependía del Virreinato del Perú, pero al segregarla, los consejeros de Carlos III le añadieron territorios aún más dilatados que el suyo propio. No sólo las gobernaciones de Montevideo, Misiones y Malvinas, sino también la del Paraguay (de donde había bajado la primera corriente colonizadora), las de Tucumán y el Alto Perú (estrechamente vinculadas a Lima) y la de Cuyo, aún integrada en la capita­nía general de Chile. La población no estaba repartida como aho­ra: cuando la de Buenos Aires se estimaba en 30.000, la del Alto Perú era veinte veces mayor. En total, medio millón de blancos y tal vez el doble entre negros, mulatos, zambos, mestizos e indios, poblaban unas quince ciuda­des. Las más antiguas eran Santiago del Estero (1544-53) y Córdoba (1574), sede de la primera Universidad. También tenía la suya Chuquisaca, desde donde la Audiencia administraba jus­ticia. Próxima estaba Potosí, con su cerro colmado de plata.
El Virreinato del Río de la Plata cubría la cuarta parte de América del Sur. Quizá no hubo en el mundo un Estado más vasto, con tantos climas diferentes y tan variados recursos naturales. El primer Virrey, Pedro de Cevallos, al frente de la más fuerte y numerosa expedición que haya zarpado desde España, escarmentó definitiva­mente a los portugueses y sólo una componenda diplomá­tica urdida a sus espaldas, en Europa, le impidió recuperar Río Grande, mientras las tropas porteñas aplasta­ban las revueltas indígenas en tierras lejanas. Españoles y criollos, unidos, vencieron por dos veces a la primera potencia del mundo -Gran Bretaña-, que pretendía explotar en estas regiones su dominio del Atlán­tico Sur, conquistado en la batalla de Trafalgar en 1805. Bajo el mando consecutivo de diez virreyes -el undécimo, Baltasar Hidalgo de Cisneros, no duró sino nueve meses-, la gloria militar fue tan constante como el progreso cultural y económico.


Pero sólo se mantuvo a lo largo de cuarenta años. El derrum­be del Imperio Español y los errores políticos cometidos en Buenos Aires desde 1810 -que condujeron a la momentánea extinción del Estado en 1820-, despedazaron ese grandioso Estado. Uno tras otro, se perdieron la Banda Oriental, el Paraguay y el Alto Perú. Dos siglos más tarde, subsisten aún las agudas tensiones entre la ciudad-puerto y el interior, entre la Capital poderosa y las provincias -la mayoría de ellas- empobrecidas, como un vestigio de la Argentina que alguna vez fue.

Graham Greene: el católico impasible

El que alguna vez fuera el agente 59200 del Servicio Secreto Británico en los tenebrosos días de la Segunda Guerra Mundial murió el 3 de abril de 1991 en Vevey, Suiza. Henry Graham Greene, nuestro hombre en La Habana, en Panamá, en Paraguay, en Niza, en Londres, en Suiza, abandonó el ajetreo y las angustias de vivir entre nosotros y, con una sonrisa sardónica, ascendió al Olimpo. Bien incómodo debe sentirse. Sin duda la inmortalidad le será infinitamente aburrida y desesperante a quien un día puso el cañón de un revolver en su sien para jugar a la ruleta rusa, porque no soportaba el hastío. Por fortuna, el dios del azar se mostró benévolo con él y con nosotros, sus lectores, impidiendo de paso que otros lo emulasen, pues con sus “entretenimientos”, como él modestamente describió sus obras de suspenso, no sólo hizo desaparecer el hastío en los demás, sino que los hizo reflexionar también, lo cual no es el común denominador de las novelas de espionaje ni policíacas.
No es fortuito que el ámbito clandestino constituya una importante vertiente de la literatura de Greene, y comprender que su talento narrativo se adaptaba perfectamente a esta temática no lo explica todo. Para él, el turbio mundo del espionaje poseía un fuerte valor expresivo palpable en el vínculo senti­mental que lo unía a él, pero también hay que tener en cuenta sus motivaciones perso­nales que se retrotraen a su -como él mismo describiera- desdi­chada adolescencia.
En su ciudad natal de Berkhamsted, en donde había nacido el 2 de octubre de 1904, leía libros de aventuras y, a los siete años, su mayor ambición era remontarse por los cielos en un avión. Era el cuarto de los seis hijos de Charles Henry Greene y Marion Raymond. A los trece años entró como un pupilo en el colegio Berkhamsted School, del cual su padre era director. Como la familia vivía en una casa en el mismo colegio, la rigurosidad de las reglas educativas le resultó doblemente onerosa, a lo cual se añadió una situación desconcertante que no le fue fácil de enfrentar: como alumno se identificaba con el resto de los estudiantes, pero como hijo del director debía respetar la autori­dad. Mucho se refirió -años más tarde- a esta disyuntiva, al dolor que le causaba estar sometido a una "lealtad dividida".
Maltratado y profundamente infeliz en el internado, recordaría para siempre estas experiencias, las que marcarían al futuro escritor y su modo de hacer literatura. Muchos de sus perso­najes están sujetos a una angus­tiosa dualidad en cuanto a quién o a qué deben su lealtad, y -sin duda- el caso extremo de tal situa­ción la sufre el agente doble, que profesional y espiritualmente se encuentra en el punto de máxima tensión de la cuerda: un conflicto agudamente presentado en “El factor humano”, una de las novelas de espionaje más lúcidas e inquietantes jamás escritas, calificada con toda justeza por Gabriel García Márquez como obra maestra.
Quizás lo incisivo de esta pugna también hiciera que el joven Gra­ham fuera bastante crítico sobre quién debería ser el depositario de su lealtad y si ésta debería ser entregada a perpetuidad o "en calidad de préstamo" mientras esa persona o causa no se desvir­tuara. La segunda opción forjó a un rebelde con cierto gusto por la anarquía, que ni siquiera la longe­vidad pudo domesticar.
Es probable que también influyera la fascinación que siempre sintió por el carácter paradójico que mani­fiesta la vida, lo cual fue un aci­cate para su naturaleza inquieta e inquisitiva. Tenía predilección por un poema de Robert Browning que resume una actitud existen­cial: "Nuestro interés está en el borde peligroso de las cosas / el ladrón honrado, el asesino tierno / el ateo supersticioso...". Este deseo compulsivo de abandonar la seguridad del suelo para asu­mir el excitante riesgo de la cuerda floja estuvo matizado por la frivolidad del que contempla la vida como un juego peligroso, pero también formaba parte de él un serio empeño intelectual y humano en el cual las creencias y convicciones más profundas del escritor, su anhelo por el triunfo de la justicia en situaciones con­cretas sin justificaciones teóricas o partidarias y su afán de calar en las divergentes facetas de la reali­dad, a menudo chocaban violen­tamente entre sí y provocaban en su obra literaria, que refleja estas experiencias, un resultado com­plejo y contradictorio, como suele ser la vida misma. A veces esta necesidad de correr riesgos para evitar una rutina paralizante y el hastío que podía degenerar en crisis depresivas que lo llevaron a sicoanalizarse, también lo condujeron a escalofriantes banalidades, como la de jugar a la ruleta rusa en sus años mozos. Incluso repitió este morboso juego mientras cursaba estudios en la Universidad de Oxford.
Estas “inyecciones de adrenalina" -como él las definía- tomaron un rumbo más construc­tivo después, cuando combinó el perio­dismo con actividades secretas. Para 1923, dirigía la revista estudiantil “Oxford Outlook”, en la cual publicó mayor­mente críticas de cine, una labor que siempre realizó con celo pro­fesional. Sin embargo, no siempre sus escritos fueron tan inofensivos. Ese año, Graham Greene fue a Renania para hacer una nota sobre supuestas acciones separatistas que Francia estaba apoyando en aquella región ale­mana. Para facilitar su trabajo había visitado la embajada ale­mana en Londres en donde le ofrecieron contactos útiles allí. Greene se entrevistó con diversas personas y palpó la atmósfera del lugar bajo su apariencia de simple estudiante en vacaciones. Al parecer, el artículo complació a la parte alemana. En aquella época el país derrotado era la víctima de las potencias vencedoras en la Primera Guerra Mundial y Greene siempre manifestó una fuerte tendencia a identifi­carse con la víctima. "Debemos defender también a nuestros enemigos de la injusticia" solía decir.
En esa misma época, Graham Greene, simpatizante de la Revo­lución de Octubre, en un acto que tuvo más de travesura estudiantil que de concientización política, se hizo miembro del Partido Comunista británico, que tenía un núcleo en la Universidad de Oxford. En realidad, la intención de Greene era conseguir viajar al país de los soviets, algo que no lograría hasta mucho tiempo des­pués. La aventura apenas duró unos meses, pues los rigores y exigencias de una militancia polí­tica no se avenían a su personalidad, pero este acto tuvo repercu­siones para el escritor, entre otras, granjearse la posterior ani­madversión del gobierno norteamericano, que le negó la entrada a los Estados Unidos durante muchos años, disposición a la cual contribuyó su consecuente actitud antiimperialista.
Después de su graduación, Graham Greene trabajó de redac­tor en el “Times”, pero su irrefrenable curiosidad lo impulsó a acometer riesgosas empresas que rendirían frutos literarios: viajes a regiones poco conocidas de África (“Viaje sin mapas”, 1936) y al México sumergido en un estado de eferves­cencia social (“Caminos sin ley”, 1939, y “El poder y la gloria”, 1940).
Es notorio el vínculo que tuvo el escritor con Vietnam desde la época en que los colonialistas franceses intentaban mantener su dominio sobre este país des­pués de la Segunda Guerra Mun­dial. Greene no vaciló en visitar peligrosos lugares donde se sostenían combates y en una oportunidad se vio atrapado entre paracaidistas franceses y comba­tientes vietnamitas. No fue éste el único riesgo al cual se vio sometido: en una ocasión, un general francés -quizás influido por la reputación del escritor- lo acusó de ser un espía. Así, obtuvo información de primera mano; incluso logró entrevistarse con Ho Chi Minh. Testigo del período inicial de la intervención norteamericana y feroz crítico de la agresión imperialista en todas sus etapas, escogió esta primera fase para ambientar su novela “El americano impasible” (1955), una obra polí­tica que posee todo el impacto de un “thriller” y el rigor psicológico que siempre ha caracterizado sus mejores producciones.
También el escritor conoció la tétrica realidad del régimen de Francois Duvalier. En 1963 fue a Haití, país que ya había visitado muchas veces, para escribir un reportaje para el “Sunday Telegraph”. Tanto en esa oportunidad como en otras fustigó el sangriento régimen y no fue remiso en condenar el apoyo que los Estados Unidos daban a su protegido. Pero no menos incisiva fue su novela “Los comediantes” (1966), que asimilaba creativamente esas expe­riencias y que provocó la ira del dictador haitiano, quien hizo que un periodista alcahuete escribiera un artículo contra el autor, en el cual se le tildaba de "perverso", "desequili­brado" y "sadista".
No pasó mucho tiempo antes de que Graham Greene irritara a otro dictador, esta vez a Alfredo Stroessner. En 1969, fue a Paraguay, también como enviado especial del mismo diario. Pese a sus antecedentes, la recepción oficial fue cálida hasta que empezó a hacer de las suyas; por ejemplo, disipando las trilladas tergiversaciones sobre Cuba (la cual había visitado hacía dos años entrevistándose con Fidel Castro) al hablarles con franqueza a unos estudiantes que asistían a una conferencia suya. Graham Greene había estado en Cuba antes de la Revo­lución y entonces había colabo­rado en un esfuerzo para llevar ropa a la Sierra Maestra. Además, a través de un amigo, un diputado laborista, contribuyó a que se denunciara todo intento de ayuda británica a Fulgencio Batista; de modo pare­cido, en 1980 se opondría a la venta de armas al Chile del general Pinochet por parte del gobierno de Margaret Thatcher.
De sus vivencias paraguayas surgió otra notable novela: “El cón­sul honorario” (1973). Aunque también podría considerarse una obra política -es la historia de unos revolucionarios paraguayos que secuestran por error a un fun­cionario británico de poca mon­ta-, el verdadero eje del relato gira en torno a los problemas y motivaciones de los protagonis­tas: el doctor Eduardo Plarr (amigo de Charley Fortnum, el cónsul honorario que contribuye involuntariamente a su secuestro y después corre un riesgo mortal para liberarlo), Charley Fortnum, (la víctima, un sexagenario que intenta revalorizar su vida a través del amor que deposita en su joven esposa, una ex prostituta) y León (el guerrillero y antiguo sacerdote, quien sigue conservando su fe y la proyecta angustiosamente sobre su convicción revolucionaria). En medio de tragicómicos conflictos humanos, el tétrico Paraguay de Stroessner se convierte en el trasfondo de la novela.
Todas estas circunstancias esbozan una semblanza del escritor, pero hay que reconocer que el cuadro es incom­pleto. Sus simpatías claramente estaban a la izquierda, pero nunca subordinó su sentido de justi­cia a principios abstractos. Condenó enérgicamente la invasión a Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia e incluso se trasladó a Praga en el mismo año de su visita a Paraguay y allí pronunció un discurso contra ese hecho. Condenó a los Estados Unidos por el derrocamiento de Salvador Allende, de quien era amigo, pero también se mostró indignado con la Unión Soviética por la destitución de Alexander Dubcek, el líder socialista impulsor de la “Primavera de Praga”. Graham Greene nunca consideró que su adhesión a una causa justa entrañara el compro­miso de soslayar aquellos aspec­tos que, en su opinión, fueran censurables.
Sus novelas siempre presentaron personajes que luchaban por su liberación o su afirmación. La problemática católica -el autor se había convertido al catolicismo en su juventud- no afectó ni entorpeció el curso ágil de sus tramas argumentales, ni convirtió la acción de los personajes en una lección moral. Su propia vida le sirvió de guía: a finales de 1946, con Europa todavía humeando, siendo ya famoso, conoció a Catherine Walston, una norteamericana de 30 años, casada con el multimillonario terrateniente laborista judío inglés Harry Walston. Ella era una especie de Lauren Bacall, madre de cinco hijos, frívola, atractiva, que solía ir descalza con el whisky en la mano por los salones de su mansión. Greene quedó enloquecido por esta mujer con una pasión que duró trece años y en quien conjugó la emoción del adulterio con el placer del remordimiento, un privilegio espiritual que consistía en alcanzar el cielo a través del camino de la perdición. Se separaron en 1960 porque ella se había enamorado de otro y lo abandonó. Cuando Graham Greene ya era un viejo sonrosado, de ojos azules acuosos y sonrisa bondadosa, sentado en un sillón de mimbre junto a una botella de JB en la terraza de su pequeño apartamento, que daba al puerto de Antibes, en la Costa Azul, aún iba a misa todos los domingos con su traje bien planchado, con las piernas largas, ligeramente encorvado y del brazo de su amante Yvonne Cloetta, con la que convivió los últimos treinta años de su vida. Como buen católico, se excitaba en los prostíbulos más espesos. A uno de ellos, en París, llevó a su nueva amante Yvonne. La dejó en la barra frente a una copa y él se adentró en el laberinto abrazado a una prostituta. Su amante era una mujer casada a la que había rescatado de un marido ejecutivo en la selva de Camerún, una francesa ordenada, con cada pasión en su sitio, pero después de aquella aventura comenzó a pensar que el alma de su amante era más oscura de lo que aparentaba su diseño de apacible burgués.
A Graham Greene nunca le abandonó la aureola de haber sido espía al servicio de la Corona durante la II Guerra Mundial. Este oficio llenó de fascinación la imagen del escritor. Pese a que él procedía de Oxford, fue captado para el servicio secreto por Kim Philby, un tipo simpático que dirigía un grupo de espías turbios y sofisticados de Cambridge. Greene fue destinado a Sierra Leona y de esa misión extrajo, como siempre, una novela, “El revés de la trama” (1948). Cuando Kim Philby, agente doble, al ser descubierto, se pasó al bando de los soviéticos su amigo lo convirtió en el personaje de “El factor humano” (1978).
La mayor parte de sus novelas fueron llevadas al cine, pero sólo dos,”El tercer hombre” y “El americano impasible”, consiguieron éxito, sobre todo la primera, debido a la adaptación cinematográfica de Carol Reed -con guión del propio Greene-, donde Orson Welles interpretó magistralmente a Harry Lime, una de las grandes creaciones del escritor.
Durante el último año de su vida, Greene vivió en Vevey, frente al lagoLeman en Suiza, adonde se había retirado para estar cerca de una de sus hijas. Cuando murió a la edad de 86 años, fue enterrado en un cementerio cerca de Corsier-sur-Vevey. El funeral bien pudo haber sido una secuencia de cualquiera de sus novelas: en un lado de la iglesia estaba Vivien, su primera mujer, de 86 años, de la que nunca se había divorciado; en el otro estaba Yvonne, de 60 años, su última amante, que tampoco se había separado de su marido. En medio estaba Graham Greene dentro del féretro, ante las puertas del templo que daban -a la vez- al cielo y al infierno.

Exabruptos, confidencias y revelaciones (II)

AGUSTIN DE HIPONA
Filósofo y teólogo cristiano (413)

"El buen cristiano debe permanecer alerta de los matemáticos y todos aquellos que realicen profecías vacías. Ya existe el peligro de que los matemáticos hayan hecho una alianza con el demonio para oscurecer el espíritu y confinar al hombre en las ataduras del Infierno. ¿Cómo no comprendéis que si hubiese hombres bajo nuestros pies tendrían la cabeza hacia abajo y caerían en el cielo?


CRISTOBAL COLON
Navegante genovés (1498)

"Desde aquí uno puede mandar, en el nombre de la Santísima Trinidad, tantos esclavos como se puedan vender".





JUAN GINES DE SEPULVEDA
Teólogo español (1502)

"¿Cómo podemos dudar que esa gente, tan incivilizada, tan bárbara, tan contaminada con tantos pecados y obscenidades ha sido justamente conquistada?




BARTOLOME DE LAS CASAS
Fraile dominico español (1552)

"De todo el infinito universo de la humanidad, esta gente es la más inocente, la más desprovista de maldad y doblez; y a este redil de ovejas vinieron algunos españoles que inmediatamente se comportaron como bestias furiosas. Su razón para matar y destruir es que los cristianos tenían un único propósito que era el de adquirir oro".


LEWIS CASS
Gobernador de Michigan, USA (1830)

"La toma de millones de acres de los indios es el progreso de la civilización. Un pueblo bárbaro no puede vivir en contacto con una comunidad civilizada".




SAM HOUSTON
Senador USA (1849)

"La raza anglosajona debe dominar todo el extremo meridional de todo el conjunto del extremo meridional de este vasto continente. Los mejicanos no son mejores que los indios y no veo la razón por la que no debamos ocupar sus tierras".




DOMINGO F. SARMIENTO
Presidente de la Argentina (1868)

"¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Así son todos, incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado".


HENRY DAWES
Senador USA (1890)

"Visité la nación Cherokee y encontré que no había una sóla familia en toda la nación que no tuviera casa propia. No había ni un pobre en la nación, y la nación no debía ni un dólar. Había construido sus propias escuelas y hospitales. Sin embargo su desapego hacia el sistema era aparente. Habían llegado todo lo lejos que pudieron, porque tenían las tierras en común; no había ocupación que hiciera que tu casa fuera mejor que la de tus vecinos. No había egoísmo, lo que está en el escalón más bajo de la civilización".


LEO G. ANDERSON
Brigadier General de la Marina de USA en Filipinas (1902)

"No hay necesidad de andarse con pelos en la lengua: exterminamos a los indios americanos y supongo que la mayoría de nosotros estamos orgullosos y si fuera necesario no debemos tener escrúpulos en la exterminación de esta otra raza que se interpone en el camino del progreso y la ilustración".


JOSEPH RATZINGER
Benedicto XVI, Sumo Pontífice de la Iglesia Católica (2005)

"Sin la Verdad, la ciencia puede llevar a la destrucción del hombre y del mundo. No podemos aceptar tranquilamente que el resto de la humanidad vuelva a precipitarse en el paganismo, debemos encontrar el camino para llevar el Evangelio también a los no creyentes".

Exabruptos, confidencias y revelaciones (I)

AGUSTIN DE HIPONA
Filósofo y teólogo cristiano (420)

"Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer. No alcanzo a ver qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños. Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deberían ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones. Nada rebaja tanto a la mente varonil de su altura como acariciar mujeres y esos contactos corporales que pertenecen al estado del matrimonio".


CRISTOBAL COLON
Navegante genovés (1492)

"Os certifico que, con ayuda de Dios, entraremos con gran poder en vuestro país y os haremos la guerra de todas las maneras en que podamos, y os sujetaremos al yugo y la obediencia de la Iglesia y de Su Alteza. Os tomaremos a vosotros y a vuestras mujeres e hijos y os haremos esclavos".




DIEGO DE LANDA
Fraile franciscano en Yucatán (1562)

"Encontramos un gran número de libros y documentos mayas, y como no contenían nada sino supersticiones y falsedades del Demonio, los quemamos a todos".






JUAN CALVINO
Teólogo protestante francés (1554)

"Podemos estar seguros de que Dios nunca habría permitido que ningún niño fuese asesinado, salvo por aquellos niños que ya estaban malditos y predestinados a la muerte eterna."






FRANCOIS M. AROUET VOLTAIRE
Escritor y filósofo francés (1764)

"¿Por qué los judíos no habrían sido antropófagos? Hubiese sido la única cosa que hubiera faltado al pueblo de Dios para ser el más abominable de la tierra".





GEORG W.F. HEGEL
Filósofo alemán (1834)

"El mar de las islas que se extiende entre América del Sur y Asia, revela cierta inmadurez por lo que toca también a su origen. América se ha revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo físico como en lo espiritual. Han sido exterminados unos siete millones de hombres. Los indígenas, desde el desembarco de los europeos, han ido pereciendo al soplo de la actividad europea".


PIERRE JOSEPH PROUDHON
Filósofo político y anarquista francés (1841)

"El hombre y la mujer no son iguales. La diferencia de sexos provoca entre ellos una separación semejante a la que establece la diferencia de razas entre los animales. Por lo tanto, disto mucho en aplaudir aquello que hoy en día se denomina emancipación de la mujer; prefiero más bien, si es necesario llegar a dicho extremo, recluir a la mujer".


PAUL BROCA
Médico y antropólogo francés (1859)

"Ningún pueblo de raza no blanca ha podido erigirse espontáneamente en civilización".






 
ABD AL AZIZ IBN BAAZ
Teólogo musulmán (1993)

"La Tierra es plana, y quienquiera que rechace esta afirmación es un ateo que merece ser castigado".






JOSEPH RATZINGER
Papa Benedicto XVI (2007)


"El anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña. Las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas; más aún, buscan el encuentro con otras culturas. ¿Qué ha significado la aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe? Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente".